Tengo muy presente su persona, por demás agradable, y su rostro simpático y lleno de aquella expresión sentimental que se puso de moda, haciendo que todos los hombres pareciesen enamorados y enfermos. Me parece que le estoy mirando, y ahora como entonces me dan ganas de llevar un peine en el bolsillo y sacarlo y dárselo diciendo: “Caballero, hágame usted el favor de peinarse”.
Una dama, por desgracia de ficción, sobre un Chateaubriand más que real.


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